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Durante años hemos asociado el comercio ilícito con imágenes bastante conocidas: mercancías de contrabando, productos falsificados, bebidas adulteradas, cigarrillos ilegales o medicamentos comercializados fuera de los canales autorizados. Todo eso continúa ocurriendo, pero el problema ha evolucionado y hoy puede presentarse de formas menos evidentes y, quizás por eso mismo, más difíciles de enfrentar.

No siempre estamos frente a una mercancía ilegal. En ocasiones el producto es perfectamente lícito y se encuentra a la vista de todos, dentro de un establecimiento formal. La irregularidad puede estar en otro lugar: en el valor declarado al importar, en los impuestos que se pagan o dejan de pagar, en el registro de las ventas, en las condiciones laborales o en el cumplimiento de las normas técnicas.

Visto de manera aislada, cada incumplimiento pertenece a un ámbito diferente. Una subvaluación es un asunto aduanero; una venta no declarada corresponde a la administración tributaria; una irregularidad laboral o migratoria tiene sus propias autoridades. Sin embargo, la empresa es una sola y su operación económica también. Cuando varios incumplimientos coinciden de manera reiterada, debemos preguntarnos qué efecto producen en conjunto sobre el mercado.

La preocupación no es exclusivamente dominicana. La globalización, el comercio electrónico y unas cadenas de suministro cada vez más ágiles han reducido costos y ampliado las posibilidades de consumidores y empresas, pero también han creado nuevas oportunidades para actividades irregulares. La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos(OCDE) y la Oficina de Propiedad Intelectual de la Unión Europea estimaron el comercio mundial de productos falsificados en aproximadamente US$ 467,000 millones, equivalente al 2.3 % de las importaciones globales según los últimos datos comparables.

En República Dominicana también existen señales que merecen atención. La Dirección General de Aduanas informó que 49 auditorías realizadas durante 2025 dentro de uno de los segmentos importadores sometidos a fiscalización determinaron diferencias impositivas por RD$ 1,592 millones. La Dirección General de Impuestos Internos ha informado igualmente sobre investigaciones que identificaron operaciones en efectivo, omisiones en declaraciones de Impuesto Sobre la Renta (ISR) e ITBIS y ventas mediante tarjetas que no habían sido reportadas adecuadamente.

Estas cifras deben interpretarse con cuidado. No sería responsable concluir que toda empresa perteneciente a un determinado sector opera irregularmente, como tampoco asumir que quien vende considerablemente más barato necesariamente incumple la ley. Hay empresas que compran mejor, manejan grandes volúmenes, reducen intermediarios o cuentan con cadenas logísticas más eficientes. Eso es competencia y beneficia al consumidor.

Pero existe una frontera que no deberíamos perder de vista: el problema no es quién compite, sino bajo cuáles reglas compite.

Una empresa que vende más barato porque es más eficiente hace precisamente lo que esperamos de un mercado competitivo. Distinto sería que parte de esa diferencia provenga de impuestos que no se pagan, mercancías subvaluadas, obligaciones laborales incumplidas o productos que no satisfacen las normas aplicables. En ese escenario estaríamos comparando estructuras de costos construidas bajo condiciones diferentes, hasta llegar a una deformación peligrosa: que cumplir resulte más costoso que incumplir.


Esta discusión tampoco debe girar alrededor del origen de una inversión. La República Dominicana necesita inversión extranjera, competencia y nuevos modelos empresariales. El capital extranjero que invierte genera empleos, paga sus impuestos y cumple las normas debe encontrar seguridad jurídica y condiciones para crecer. De igual manera, una empresa dominicana que incumple no merece protección por el hecho de ser dominicana. La nacionalidad no puede convertirse ni en una presunción de culpabilidad ni en una exoneración frente al cumplimiento.

El desafío tampoco consiste únicamente en aumentar las fiscalizaciones. Aduanas, Impuestos Internos, Trabajo, Migración, Pro-Consumidor y otras instituciones observan partes diferentes de una misma realidad. Una puede identificar un problema tributario, otra una irregularidad aduanera y una tercera un incumplimiento laboral, sin que necesariamente exista una visión conjunta de la operación.

Es ahí donde la coordinación institucional adquiere especial importancia. No para sustituir competencias ni construir estructuras de persecución, sino para conectar información, identificar patrones y diferenciar mejor a quien compite legítimamente de quien obtiene ventajas mediante incumplimientos reiterados.

Durante mucho tiempo observamos el comercio ilícito principalmente a través de la mercancía. Hoy debemos mirar también lo que ocurre detrás de ella: la operación económica y el cumplimiento de las reglas que sostienen el comercio formal.

Porque cuando incumplir se convierte en una ventaja competitiva, lo que comienza a estar en riesgo es la integridad del mercado.

Sobre César Dmitri Roa Castillo

César Dmitri Roa Castillo es abogado, especialista en propiedad intelectual, regulación comercial y políticas públicas vinculadas a la prevención del comercio ilícito. Durante seis años desarrolló funciones en el Ministerio de Industria, Comercio y Mipymes(MICM), donde se desempeñó como director de Prevención y Control de Comercio Ilícito. Previamente formó parte del Ministerio Público de la República Dominicana.


Por César Dmitri Roa Castillo

Durante años, el comercio ilícito en la República Dominicana ha sido asociado principalmente con sectores como el alcohol, el tabaco o los medicamentos. Sin embargo, en los últimos tiempos ha surgido un fenómeno menos visible, pero igualmente preocupante: la creciente presencia de mercancías ilícitas en el sector construcción, especialmente en materiales eléctricos, herramientas y equipos comercializados fuera de los canales formales.

En distintos puntos del país es posible encontrar establecimientos que ofertan productos eléctricos y electrónicos que imitan marcas reconocidas o que ingresan al mercado mediante prácticas irregulares como la subvaluación, la evasión fiscal o la importación sin cumplir las normas técnicas exigidas. Una parte importante de estas mercancías proviene de mercados asiáticos y llega al consumidor final a precios significativamente inferiores a los del comercio formal, generando una competencia desleal que afecta a empresas organizadas y distorsiona el funcionamiento del mercado.

Más preocupante aún es el impacto que estos productos pueden tener en la seguridad de las edificaciones; interruptores, breakers, cables eléctricos, extensiones, lámparas LED y otros componentes falsificados o de baja calidad pueden provocar fallas técnicas, cortocircuitos e incendios. En consecuencia, el comercio ilícito en este ámbito no solo representa un problema económico, sino también un riesgo real para la seguridad de las familias dominicanas y para la sostenibilidad del crecimiento urbano.

La construcción es uno de los motores fundamentales de la economía dominicana, generador de empleos y dinamizador de múltiples actividades productivas, precisamente por su importancia estratégica, requiere mercados confiables y productos que cumplan estándares mínimos de calidad y seguridad. Cuando materiales ilícitos penetran la cadena de suministro, se afecta no solo a comerciantes formales y fabricantes, sino también a ingenieros, desarrolladores y adquirientes de viviendas.

En los últimos cinco años, el Ministerio de Industria, Comercio y Mipymes desarrolló una política firme de combate al comercio ilícito, bajo el liderazgo del ministro Víctor “Ito” Bisonó, fortaleciendo la coordinación interinstitucional y la vigilancia del mercado. Los avances alcanzados en esta materia tienen especial importancia para el sector construcción, donde la presencia de materiales ilícitos representa un desafío creciente. 

Este esfuerzo sostenido permitió decomisar y destruir más de 160 millones de unidades de mercancías ilícitas, incluyendo alcohol adulterado, tabaco ilegal, medicamentos, cosméticos y combustibles, en una de las estrategias de control comercial más amplias implementadas en el país.

Desde la Dirección de Comercio Ilícito del MICM trabajamos en coordinación con la Dirección General de Aduanas, el Ministerio Público, ProConsumidor y los organismos de seguridad del Estado para detectar esquemas de comercialización irregular y fortalecer los mecanismos de control. La experiencia acumulada demuestra que el comercio ilícito evoluciona constantemente y que cada sector productivo presenta desafíos particulares.


Mi formación y mi experiencia previa como miembro del Ministerio Público me han permitido abordar este fenómeno desde una perspectiva integral, entendiendo que el comercio ilícito no es únicamente un problema administrativo o comercial, sino también una manifestación de estructuras organizadas que afectan la seguridad económica y la confianza en los mercados.

El combate al comercio ilícito requiere no solo acciones de fiscalización, sino también una mayor conciencia por parte de consumidores y sectores productivos. En el caso de la construcción, elegir materiales certificados y proveedores formales no solo protege la inversión, sino también la seguridad de quienes habitarán esas edificaciones.

La República Dominicana ha logrado avances importantes en esta materia, pero los desafíos continúan evolucionando. Fortalecer los mecanismos de control y promover mercados transparentes es una tarea permanente que contribuye directamente a la competitividad, la seguridad y el desarrollo sostenible del país.

Sobre César Dmitri Roa Castillo

César Dmitri Roa Castillo es Director de Comercio Ilícito del Ministerio de Industria, Comercio y Mipymes, abogado y exmiembro del Ministerio Público, ha trabajado durante más de cinco años en el combate al comercio ilícito en la República Dominicana.


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