En República Dominicana las víctimas de la criminalidad y la delincuencia se convierten a la vez en víctimas de un sistema de justicia inoperante, insensible, indignante, y en muchos casos, cómplice. Los criminales, por el contrario, reciben las ventajas y privilegios de un sistema cobarde, de frágil institucionalidad y con escasa vocación de servicio. Esto nadie me lo ha contado, lo he vivido.
La muerte de mi hermano Claudio Francisco, el 12 de marzo de 2012, fue una tragedia, y el inicio de otra larga tragedia: la de ver como los asesinos se nos ríen en la cara, recibiendo privilegios de las autoridades mientras nuestra familia recibe maltratos. Parecería que pedir justicia y esforzarse por tenerla fuera el real crimen.

La ineptitud, complicidad en muchos casos, de los órganos de investigación y acusación han hecho de ese proceso una verdadera tortura.

Hemos luchado contra la impotencia y la indignación para no dejarnos vencer ni de los criminales, ni del sistema que los fomenta.

El Ministerio Público, salvo honrosas excepciones, ha mostrado su realidad. Lo más reciente ha sido el maltrato recibido en la Procuraduría General de la República, donde llevamos semanas solicitando una cita con el Procurador General, a quien hemos tenido que acudir dada la incapacidad de la Procuraduría de la Corte de Apelación del Distrito Nacional.

Cuatro visitas y múltiples llamadas para solo ver al recepcionista, que busca la forma de excusar el irrespeto y el abuso de sus superiores.

Este martes duré dos horas esperando para irme sin recibir ninguna información del estatus de nuestra solicitud. Al final me costó decirle al recepcionista: ve y diles qué si van a recibirme, sino que se vayan al carajo, que hay personas que tienen dignidad y exigen respeto.
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La ausencia de un régimen de consecuencias es el caldo de cultivo de la criminalidad. Un sistema de justicia hostil con las víctimas y amigable con los criminales, que abre de par en par las puestas de la impunidad, y altera por completo la escala de valores de nuestra sociedad.

Si lo que hemos pasado como familia fuera algo aislado, tal vez nuestra indignación sería menor, pero sabemos que esa es la regla que rige el sistema de justicia en República Dominicana.

Eso nos llena de coraje, de rabia, y de un inmenso deseo de que nuestra realidad pronto sea diferente.

Por Claudio A. Caamaño Vélez
@ClaudioCaamano

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